Después de tantos años, vuelvo al mismo lugar. Más cansada, más herida, sin poder retener el aire en los pulmones...
Dentro de mi corazón, se hizo un vacío. Ya sólo queda una mancha de café en la mesita, un teléfono que jamás sonará y una pena que ahoga. Me he perdido.
Me he perdido intentando amar, ser amada. Algo que jamás tendré... No existo.
Vuelvo a dormir con las manos vacías, la sensación de ausencia el dolor en la garganta por aguantar las lágrimas... Porque qué amargura sería, liberar una pena oscura que amenaza con matarme...
Pero aquí estoy. En la firmeza y el dolor. Estoy siendo un fantasma. Es un paso que me impide ir a algún lugar. Me quedé en medio. Y las paredes se cierran y me aplastan.
Me alejo del camino con un pañuelo en una mano y el frío vacío en otra. Y puedo decir con certeza que, al acabar de relatarles esto, habré muerto tres veces más.
Aún cuando sé que llegará el dia en que no habrá vida. No habrá vuelta. No habrá nada más que tristeza. Y yo ya no estaré, para mirar los ojos del ser que amo. Ya no estaré cerca de su piel y sus manos. De su agudeza y su gracia.
Ya nunca podré ver como lo ilumina todo al pasar. Ya nunca habrá alegría y amor para mi. No valgo. No soy. No existo para él. Ama a otra.
¿Que tristeza va a quitármelo ahora?
Morir, quizás, signifique vivir eternamente. Podría intentarlo...
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